11 de septiembre de 2017

DE NUEVO A ESCENA

El espectáculo comienza de nuevo. En el teatro fijo con sede en la Plaza de los Naranjos se abre una nueva temporada sin que la compañía anterior acabase voluntariamente sus funciones. Actores principales y protagonistas secundarios cedieron, sin embargo sus trastos a los nuevos con reconocida elegancia por parte de ambos.
De nuevo tenemos en escena a los antiguos intérpretes dispuestos a escenificar cuanto haga falta en tragedia o comedia para alimento espiritual del pueblo soberano. Se abre el telón, por tanto, con viejos temas inacabados que en un principio podrían aburrir al personal. Tomasi de Lampedusa decía en el “Gatopardo” que “a veces hay que cambiar todo para que nada cambie”. Desalentadora frase que ronda por la mente del ciudadano como una antigua espada de Damocles. Y es que cambiar collares es tarea fácil pero no lo es tanto el verdadero cambio de quienes lo llevan en el cuello.
Hay mucho que hacer. Siempre hay mucho que solucionar en un Ayuntamiento como el nuestro donde tantos asuntos parecen eternizarse y dormir el sueño de los justos. Sería de agradecer que el principio de esta nueva-vieja hornada no supusiera dar a al traste con lo poco o mucho realizado en los dos años de escenificación política anterior. Agradeceríamos por ejemplo la misma  trasparencia en las actuaciones y la sencillez y campechanía de alcalde y concejales. El trabajo realizado en calles y avenidas en relación con el saneamiento. El interés en zonas como Las Chapas y su entorno, así como en otros lugares deprimidos de la ciudad. Loable. No tanto como la cuestión de la limpieza o la seguridad, o el asunto de las playas, tema sistemáticamente encajonado.
Los nuevos representantes de la ciudadanía, la mayoría viejos conocidos, saben de sobra las necesidades urgentes y primarias. Esperamos que en esta tercera, creo, ocasión, la aborden de acuerdo al orden que ellos consideren, pero tomándoselas en serio y con premura.
No puede esperar mucho, por ejemplo,  el asunto del Francisco Norte. Da vergüenza ver lo construido, inane. y estropeándose cada día más. Imposible entender la tardanza en poner en servicio un campo deportivo tan necesario. Como también avergüenza el asunto del tanatorio, imprescindible, y siempre relegado. O las bibliotecas que Marbella no se puede permitir obviar, porque nos coloca a una altura cultural infame.

Claro está que temas como el Hospital Costa del Sol o el Puerto de la Bajadilla son objetos de interés general sin que sepamos del todo las causas de la dejadez en su resolución. Igual que absurdos espectadores a los que engañan en una función tantas veces voceada nos sentimos cada vez que sale a relucir algunos de ellos. No digamos el asunto del tren, engaño repetitivo de cada gobierno, utopía propagandística, demagogia fácil.
O los espigones, esos brazos al parecer tan necesarios que son la comidilla de todo aquel que llega en verano preguntándose donde hay una playa decente.
Sepamos que en esta ocasión la tenencia de Alcaldía de San Pedro comienza a funcionar y ello tendrá consecuencias destacadas. No por nada menos hubiera firmado la paz el sin par Piña con su antagonista Muñoz de tantos y tantos clamores en plenos municipales. Dicen que las delegaciones de Marbella tendrán su correspondiente desdoblamiento en San Pedro…con el gasto que ello supone y el difícil trabajo de ajustamiento entre ambos.
No va a ser  fácil gobernar y unos y otros lo saben de sobra. Pero lo que los espectadores del nuevo “Teatro” esperamos no volver a visualizar son  los enfrentamientos verbales y de todo tipo entre una y otra parte de este “dúo,”no sé si dinámico, pero al menos estratégico para ambos.
Marbella necesita urgentemente un Consistorio sólido y que esté a la altura de la imagen que quiere dar al exterior, la famosa “marca,” cuyos contenidos y activos deben ser objeto de una cuidadosa atención municipal.
Hay expectativa y miedo. Confiemos en que el corto espacio de tiempo de esta legislatura acabe al final en un Allelluia y no en el tan acostumbrado Requiem.
                                                                                            
Ana  María Mata
(Historiadora y Novelista) 






28 de agosto de 2017

LAMENTABLE DESCOORDINACIÓN


Confieso mi falta de interés por el proceso soberanista. Que, desde Felipe V y las pretensiones del Archiduque Carlos se opusieran los catalanes al primero en favor del segundo, y en vista de los resultados se declarasen -al menos en deseo- contrarios al estado español, es una cuestión particularísima entre ellos, que al resto de España o nos deja fríos, o estamos en sus antípodas, por muchas amenazas que el flequillo abundante del señor Puigdemont haga casi a diario.
Mientras vayamos juntos lo que allí ocurra nos envuelve al resto del país para lo mejor y lo peor. Por desgracia los últimos acontecimientos han significado una enorme tragedia a la que nadie puede mirar con desdén, sino con ojos de horror y de piedad.
Debido a ello, el más somero análisis de los hechos muestra acciones de descoordinación lamentables que hoy mueven mi pluma a desarrollar como algo casi incomprensible.
Hasta en dos ocasiones los Mossos rechazaron la petición de la Guardia Civil para inspeccionar la casa de Alcanar. Ante la duda de la juez de una simple explosión por manipulación de elementos para fabricar drogas, conclusión esta de la policía autonómica, la negativa a que los expertos de la Benemérita dieran su opinión, resulta sangrante. Y en el caso concreto del Imán de Ripoll, la cadena de fallos ha sido garrafal. Desde el juez atendiendo a argumentos huecos hasta el abogado defensor que expresó literalmente que “no parecía un integrista porque iba en vaqueros”, todo parece una conjunción diabólica a favor del citado Imán. De otra parte, en los ficheros de la Policía Nacional constaban los vínculos del tal Satty con un entorno radical salafista en Bélgica.
Los días posteriores a la masacre han puesto en evidencia la falta de coordinación policial y el pulso soberanista en Cataluña en la prevención e investigación de la desgracia. No olvidemos que los dos sindicatos mayoritarios en Policía y Guardia Civil emitieron un comunicado conjunto para denunciar que se les había impedido servir a los ciudadanos para que la Generalitat diera imagen de Estado Catalán autosuficiente.

 Nadie en su sano juicio comprende que hoy, cuando las diversas naciones del mundo se alían entre ellas para reforzar la lucha antiterrorista, en nuestro país ocurran estos desmanes que debería avergonzar al catalán moderado y que conserve aún su propio criterio fuera del partidista y casi aberrante del abducido soberanista.
La vida de un ser humano es demasiado valiosa para interponer entre ella y el rigor absoluto de investigación y procedimientos policiales el matiz subterráneo del nacionalismo contumaz.
Hay que ser muy cerril para aplaudir gestos como los escritos arriba, la pugna por conseguir medallas en un lado u otro, en lugar de una unión sin fisuras para intentar el mayor tipo de seguridad posible. Es cierto que los únicos asesinos son los terroristas, los que realizan los actos flagrantes y quienes les ayudan a llevarlos a cabo, pero no estaría de más que todos los ojos avizores de cualquier cuerpo del Estado estuviesen vigilantes las veinticuatro horas del día.
Como ciudadana corriente, me duelo de estas fisuras entre nuestros guardianes del orden y me resulta absolutamente increíble que en una ciudad como Barcelona, a la que tenía como abanderada de la lógica y del modernismo más audaz, se den estos casos, de consecuencias tan dolorosas, y al mismo tiempo como extraídos del Medievo, de las luchas gremiales, y tan anacrónicos como si estuviésemos hablando de una ciudad feudal en deuda con su señor.
No estaría mal que los adalides de la independencia repasasen después de los hechos su estado ético y moral.

                                                                                       
Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)

13 de agosto de 2017

TURISTAS GO HOME

Puede ser, como algunos afirman, una moda efímera, creada por quienes necesitan protagonismo irritante al costo que sea. Los mismos que creen encontrar en sus manifestaciones abruptas y descontroladas un sentido político que legitime su estupidez más allá del propio absurdo de la mayoría de sus conceptos e ideas. Crear conflictos ha sido desde antiguo el medio utilizado por quienes no poseen argumentos sólidos e inteligentes con los que avalar su causa.
Puede ser eso, algo muy similar a las rabietas del niño enfurecido por la falta de atención. Más, la irracionalidad de la causa no excluye los efectos que pueden llegar a producir. La insensatez de arrojar piedras en el propio tejado con las consecuencias que de ello se deriven. Y aunque esas consecuencias afecte en sumo grado a los mismos que las provocan. Así de estúpido suele ser a veces el género humano.
España llegó tarde a la llamada Revolución Industrial que a comienzos del siglo XIX tuvo lugar en Inglaterra, expandiéndose  luego por el centro de Europa. Y cuando la alcanzó, solo algunas regiones como el País Vasco y Cataluña se beneficiaron de ella. El resto del país malvivía por entonces de la agricultura y el ganado. Ese retraso,  complicado al paso del tiempo por sus problemas políticos, entre los últimos la guerra civil, hizo que fuésemos una tierra minusvalorada por el continente europeo como lugar de un cierto subdesarrollo. La Historia es dura, a veces, pero no tiene vuelta de hoja.
Y de pronto, como regalo de dioses o feliz e inesperado azar, aparece en el horizonte aquello que nos faltaba y nos hace importantes a los ojos ajenos: algo llamado Turismo, un rey Midas disfrazado de Alí Baba o de Reyes Magos, según prefieran, que nos mira con ojos deslumbrados y afirma que nuestro clima, nuestros monumentos y hasta nuestra gente, merecen atención especial.
Acababa de nacer la que sería la industria más importante del país, el dios Turismo, al que debemos el haber salido de la escasez, la apertura de mentes por el contacto con ideas nuevas, el desarrollo de los años sesenta y posteriores  y la subida de la autoestima, que nos hacía tanta falta. Hasta el Régimen -¿recuerdan?- aprovechó el tirón para promocionarse: “España es diferente”, decía el slogan con el que quisimos decir en verdad que éramos únicos, más guapos, mas listos, y más todo que quienes picaron y se transformaron en nuestros primeros visitantes y turistas.
Por fin teníamos algo por lo que ser deseados más allá de nuestras fronteras, sea lo que fuese ese algo. Y de ello empezamos a vivir. A mejorar. A llenar las arcas estatales de divisas. A comprarnos coches y salir del provincianismo de la postguerra.

Nos ha dado resultado hasta el momento actual, en el que, es cierto que el éxito puede llegar a ahogarnos. Pero solo son necesarias medidas exactas, no bajar la guardia y cumplirlas a rajatabla. Las situaciones grotescas y hasta vandálicas que han tenido lugar en Palma de Mallorca, Cataluña, o las originadas en Puerto Banús, han de ser, primero vigiladas y luego sancionadas y castigadas con todo el peso de una ley que está para ser cumplida, no de adorno. Es responsabilidad de los Ayuntamientos y de las autoridades el mantenimiento del orden en todos sus aspectos. Si es necesario aumento de policías, el Estado debe saber cual es su papel en este delicado asunto, sin que valgan excusas ni cortapisas en este sentido.


La “turismofobia” es el error más grande que pueda cometerse. España es un país eminentemente turístico y destrozar su principal medio económico solo puede ocurrírsele a quienes igualmente quisieran destrozar otras muchas cosas que llevan incluidas en su ideario político. No hay que dejarles actuar, porque una sola manzana pudre el cesto.
Los jóvenes airados que parecen divertirse con los gestos anti-turistas, deberían reflexionar por un solo minuto, si no es pedirles mucho: ¿Quiénes pagarán si nos quedamos sin ellos, la Sanidad, los colegios y las prestaciones sociales? …
Tal vez no les vendría mal a algunos de ellos volver al campo. De sol a sol, como en los viejos tiempos que no han llegado a conocer.
                                                                                               
Ana  María  Mata
(Historiadora y Novelista) 










      

1 de agosto de 2017

VACACIONES

A partir de que Adán cometiese la estupidez de aceptar la manzana de Eva,  los humanos fuimos castigados a ganar el pan con el sudor de nuestra frente. Dícese a trabajar en lo que encontrasen. Pero Dios tuvo que descansar el séptimo día, y gracias a ello surgieron las vacaciones. El hombre necesita desconectar de alguna forma de la rutina embrutecedora. Las vacaciones son ese elemento enriquecedor en el que puede salir al exterior el niño que nunca hemos dejado de ser.
No todo el mundo se divierte de igual modo, y España, nuestro desgarrado país, posee en su geografía tan variopinta múltiples maneras de hacerlo. Desde quienes buscan el sol achicharrante hasta el ampuloso verde con su engañoso chirimiri, es increíble la diversidad de placeres que podemos encontrar.
Como acabo de llegar de las humedades norteñas, permítanme la confianza de exponer las enormes diferencias entre dos semanas en el Sur o las mismas en el Norte. O lo que es muy similar: entre la tranquilidad y el desasosiego.
Al Sur y el Este español se va a dejarse llevar por un ritmo desenfrenado de estímulos, empezando por el que implica la tostadura de la piel a niveles etíopes, en playas que recuerdan novedosos campos de exterminio corporal, para seguir con lugares donde hay que caminar de perfil porque el espacio se transforma en valores de cambio. Al simpático ruido infernal-nocturno, más el producido por coches que vociferan al unísono mientras tratan de llegar a donde sea con el cabreo incluido, se unen  las amables colas para conseguir una  cerveza o un gin-tonic tras haber peleado por el mínimo lugar para tomarlo.

Están también los que buscan algo de glamour y vacían la cartera en el restaurante de moda donde impere la “petite cuisine”, porque eso es lo que viste y da esplendor. Están los jóvenes vocingleros que arrasan por donde van, entre la cocaína barata y el botellón para colocarse. Todo eso y más lo produce el calor y las noches almibaradas de perfumes embaucadores. El sur es un torrente invasivo. Un volcán para los sentidos y la mente. Una embriaguez total.
Por su contra, el Norte es el embrujamiento del paisaje y el placer de la aventura. A escoger. Nada bravo persiste en él más que su oleaje y la altitud de sus montañas. Entre desfiladeros de infarto por los que ríos caudalosos discurren compitiendo con la vegetación, apabullante, casi selvática, misteriosa en sus profundidades, ágil en los picos de rocas grises y rojizas, casi infantil en las orillas, hasta la versatilidad de su mar, líder y dueño absoluto de sus mareas, el Norte es el panteísmo hecho realidad, la  Naturaleza al descubierto, reina y señora de quienes tienen el atrevimiento de hollarla. Y hay quienes lo tienen. Alpinistas arriesgados, senderistas gozosos, piragüistas osados, submarinistas, pescadores, jugadores de palas…y personas decididas a beberse el verde a borbotones, a dormir con edredón, a pasear sin agobios y dorarse menos pero en playas extenuantes de arena blanca y radiante como una novia primeriza.

La calma es la compañera firme de un verano donde el único ruido posible es el susurro del chirimiri, el producido por hojas de árboles al caerles el agua.
No se adora el sol, pero se le espera con nervios contenidos. Porque si sale, el brillo del verde es mayor y los niños tirarán el chubasquero y tomarán cubo y pala. Y el padre descansará esa noche de la larga jornada playera en la mesa de un “chigre” con un culín de sidra. Sin agobio. Mirando al cielo por si al día siguiente el “gallego” hace de las suyas y hay que organizar una excursión.
Distintas maneras de vacacionar. Afortunado país en el que puedes elegir entre la inmensa algarabía del Sur y la fresca placidez de los veranos del Norte.

                                                                                            
Ana  María  Mata
(Historiadora y Novelista)

9 de julio de 2017

IGNORAR LAS RAÍCES

La base de la existencia está en el conocimiento. El ser humano va adaptando su vida a cuanto el cerebro le muestra y le da a conocer mediante un complejo sistema de neuronas, dendritas y sinapsis. A través de ello el mundo aparece como algo interesante que merece la pena descifrar. Y el placer de algo descifrado produce, en ocasiones sentimientos múltiples, en general de apego a lo que acabamos de vislumbrar.
No se puede amar lo que no se conoce. La necesidad de saber más sobre algo que alerta  nuestra curiosidad es la base de toda sabiduría. La ignorancia lo suele ser del fracaso. Una encuesta realizada los meses pasados en distintos colegios de nuestra ciudad ha dado como resultado un hecho tan claro como triste: Un tanto por ciento muy elevado de los encuestados, estudiantes de grados diversos, tenían una ignorancia total sobre la Historia y el Patrimonio de Marbella, la ciudad en la que viven, y de la que muchos son nativos.
Preguntados acerca de diversos lugares emblemáticos y hasta tradicionales, su ubicación y su origen, dieron una respuesta negativa, desconociendo su existencia y el lugar que en la Historia de la misma han desempeñado.
Quien esto escribe, que ha dedicado parte de su vida a la divulgación de dicho Patrimonio, sus tradiciones, costumbres, lugares, habla y demás riquezas que nos son propias y diferenciales, sintió al leerlo una profunda tristeza no exenta de un alto grado de impotencia e indignación.
Es comprensible que, dado la distinta procedencia actual del profesorado, el docente no conozca al llegar detalles de la Historia del lugar a donde llega y por lo mismo, la cantidad de riqueza patrimonial que dicho lugar alberga. Pero ahí acaba la justificación. Me parece necesario, y lo escribo sin eufemismos, que dicho docente se informe en el menor tiempo posible de este apartado de un “temario” quizás inexistente, pero indispensable a la hora de afrontar el enriquecimiento cultural de sus alumnos. ¿Puede alguien explicarme como va un niño o joven a comprender más tarde el Arte del Renacimiento o del Barroco, las riquezas de Florencia o Roma, si no sabe antes todo lo trascendente, históricamente hablando, que tiene a su alrededor?
Los nefastos, aunque múltiples,  planes de enseñanza en Educación, unido a un pelín de dejadez por parte de un profesorado mal tratado  y sin motivación, dan lugar a estas tristes consecuencias en  nuestros hijos y nietos. En el caso concreto de la encuesta, creo que algunos colegios tenían en su poder un estupendo libro sobre el tema que la Asociación Marbella Activa ha creado, precisamente para intentar paliar estas carencias.
 Hace falta abandonar la abulia en las aulas, y la excesiva tecnificación, que sin ser dañina, puede ocupar lugar y peso demasiado apabullante en el colegial.

Nadie propugna que el niño no estudie Matemáticas, Informática, Ciencias o Lenguaje. Sin embargo, el rechazar las Humanidades, o relegarlas, por poco prácticas en la vida diaria, está llevándonos a formar cerebros uniformes y aleatorios, cuya única preocupación en su vida futura será enriquecerse a cualquier medio. Y si así nos va, no entiendo por qué no se toma cartas en el asunto de una vez por todas y tratamos de formar seres pensantes con amplio caudal de conocimiento en Historia, Arte, y cualquiera en la línea de las llamadas Sociales.     
Los viejos historiadores quisiéramos pasar el relevo a jóvenes interesados porque no se pierda todo el Patrimonio que nos pertenece por derecho y al mismo tiempo seguir con lo que debía ser una cadena de transmisión fructífera y apasionada.
Conmino también a las familias, especialmente a los padres a que se interesen un poco más por esta riqueza de la que hablo. Que pregunten a sus hijos, indaguen y miren a su alrededor. No hemos surgido por generación espontánea. Tenemos a nuestra espalda una bella historia de pueblos que pisaron esta misma tierra y nos dejaron huellas como los mosaicos de Río Verde,  las ruinas del Castillo, o la Pila Bautismal visigoda.
Se ama lo que se conoce. La ignorancia es el camino a la estupidez.

                                                                                                          
Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)

25 de junio de 2017

JORNADAS DE ALTA LITERATURA


Algo así como el maná que los hebreos recibieron, caído del cielo. Como un regalo inesperado en momentos en que la sequía cultural amenazaba con destruirnos. De esa manera hemos recibido las jornadas que, bajo el título general de “La ficción de la Historia” se han celebrado en el Instituto Río Verde en varias semanas de mayo y junio.
No han sido unas jornadas corrientes. Han alcanzado una envergadura y calidad literaria tan alta que no puedo menos que escribir estas líneas en agradecimiento a quienes las han promovido y para que quede testimonio del logro tan importante que la Fundación Banús y la mujer concreta que lleva estos temas, la profesora Carmen Díaz, han conseguido trayendo a personajes casi míticos en el ámbito del libro, de la novela y de la historia.
Es difícil conseguir a unos primeros espadas de las letras como son Juanjo Armas Marcelo, Jorge Edward, Héctor Abad, Antonio Muñoz Molina y Fernando Aramburu.
Cada uno dentro de su casuística y estilo, fue un  placer oír por unas horas a estos hombres desgranando su sabiduría a un público tan mayoritario como entregado; y la relación tan fructífera que establecieron entre dos conceptos, a veces, encontrados, pero que ellos han hecho coincidir en sus respectivas novelas, resultó un gozo de los que pocas veces se alcanza en estos derroteros, variantes y peliagudos a veces, de la literatura.
Me centraré en los dos últimos con los que confieso tener  una afinidad rayando en el fanatismo, producto de mucho libro leído bajo su autoría, y un amplio análisis desde mis pobres coordenadas de lectora contumaz y reflexiva.

Muñoz Molina es, además de Académico y poseedor de cuantos premios se conceden en España, hombre digno de interés por algunas de sus cualidades personales. Para mí, la primera será siempre su coherencia. Desde los lejanos tiempos en los que nos llevó con un velo de misterio y música de jazz a enamorarnos de Lisboa, pasando por el triunfo “Planetario” del Jineta Polaco y las veleidades de Beltenebros, mezcladas con las inmensas Ventanas de Manhattam y Sefarad, para llegar a Todo lo que era sólido y especialmente a la que desmenuzó en su charla, La Noche de los Tiempos, M. Molina no ha travestido su punto moral ni su línea ideológica lo más mínimo. Sigue siendo, en las novelas y –creo que en su vida- el joven de Úbeda cuyos pies continúan anclados en las rojizas tierras del  pueblo jienense.
Sosegado, cercano, con una humanidad que le desborda, la conversación sobre los entresijos de cualquier historia, elaboradas con trozos íntimos de cotidianidad, jirones de pensamientos ocultos, y hechos a ras de suelo, fue literatura en sí misma de una calidad casi filosófica y trascendente. Tener acceso, aunque sea por instantes, a la brillantez de una exposición  tan personal, es un lujo literario y humano.
Junto a él, para acabar el ciclo, nos regalaron a Fernando Aramburu, el hombre del momento para los medios en literatura, feliz autor del libro más premiado y vendido del año, Patria, el mismo que desbrozó en la charla con dotes de persuasión tan elevadas como su capacidad de concentrar lectores y oyentes.
Aramburu es un escritor herido en sus raíces por el problema que su tierra abarca desde hace la tira de años, el terrorismo criminal que no ha cesado de ensangrentar Euzkadi mientras él crecía bajo la alarma de los tiros y explosiones casi cotidianas. Su explicación personal de la necesidad de poner en papel el drama que tanto le conmovía, 
fue sentida y auténtica, como lo son sus personajes en esa novela radical y humana hasta límites increíbles.
Anteriormente, en su otro libro, Los peces de la amargura, ya avanzaba el destino de su prosa limpia y sensible. Aramburu es hombre con apariencia sombría y un interior transparente, buscador de libertades y mares abiertos, de mundos compartidos y necesidad de diálogo entre hombres y pueblos. El placer de oír sus palabras no tiene,  o tuvo precio.
Por todo ello, valgan estas letras apresuradas y todavía con el calor de las jornadas en la mente, para agradecer a todos los que las hicieron posibles .
Sería bueno y bonito que algunos otros se diesen cuenta de que cuando las cosas se hacen bien y con altura de miras, este pueblo, tan denostado a veces, responde. Todavía puedo oír y ver al gentío y los aplausos.
                                                                                                   
Ana María Mata
(Historiadora y Novelista) 


14 de junio de 2017

FUERTE OLOR A PODRIDO

Se habla de ella generalmente para ensalzarla. Paradigma turístico, ensoñación vacacional y lugar deseado por quienes, sin conocerla, sueñan con ella como objeto de deseo. Emblemática entre sus colegas del litoral. Quizá por ello, también algo envidiada. Bello nombre. Excelente fachada anunciadora. Enigmática y a veces altanera…; imaginan ya a quien me refiero. Su nombre: Marbella. De profesión, su fama.
Nadie puede negarme que lo escrito arriba corresponda con más o menos exactitud a la ciudad nombrada, al lugar donde algunos hemos nacido y otros han decidido vivir. A un rincón del mundo que desde sus comienzos brilló con luz distinta, con algo diferenciador y relumbrante. Una constelación de personajes afamados, de títulos nobiliarios, de estrellas rutilantes se dieron cita en sus primeros años –llamados de glamour- para hacerla tan visionada como interesante.
No pudo la codicia de corruptos ni la estupidez de gerifaltes vergonzantes apagar la luz que proyectaba, aunque la oscurecieran momentáneamente. Tampoco la lejanía de mandatarios que decidieron abandonarla a su suerte sin invertir en ella. Ni la globalización social que hacía aumentar el turismo de gentío y de masas. Ha emergido una y otra vez, emisora de sí misma, ave fenix de todas las batallas.
Hoy me toca reflexionar sobre su destino. Acerca de una realidad que al parecer no hemos querido ver aún teniéndola delante de los ojos. A su contrafigura. A la otra cara de una moneda que sin duda está devaluando su momento actual. A un perfil que desearíamos no le perteneciera, pero por desgracia es tan suyo como el que nos muestra sus bondades. Porque ocurre que su interior alberga un fuerte olor a podrido. Tan fuerte que los sentidos expelen su contenido como la víbora su veneno. Fétido, vomitivo, mortal. No caben posturas de avestruz. Llamemos a las cosas por su nombre.
Puerto Banús, pudo ser nuestra insignia y contraseña en su momento. Le hemos dejado funcionar a su bola y se nos ha escapado de las manos. En las suyas enarbola cuchillos ardientes. Capitanea rincones concretos (calle del Infierno, es su nombre) donde drogas y navajas van unidas, prostitución y sexo, alcohol y cerebros enloquecidos, dinero y mafia en porcentajes superlativos.
Todo es posible en noches donde la visión se borra y el estupefaciente se adueña de jóvenes sin control. Crímenes por omisión e incluso por acción directa cuando los parámetros se pierden. Peleas entre personas a las que si se les arrimase una cerilla serían pasto del fuego, borrachos jóvenes y viejos sin más medida que la fuerza de sus puños enfermos.
Una ciudad amenazada por sus noches de terror. Por cuanto pueda suceder y sucede entre sus esquinas, detrás de barcos con grifos de oro y desconocidos pasaportes, a la sombra de los más caros modistos y de tiendas con Rolex de brillantes incrustados.
Calles en las que jóvenes inseguros creen hallar lo que no son capaces de buscar por si mismos. Donde la droga reina y se alimenta de neuronas equivocadas, de células que acabarán multiplicando su malignidad.
Un núcleo de locura que no queremos reconocer, pero que forma parte de lo más oscuro de nuestra ciudad, sin que nada parezca domeñarlo, ni nadie encontrar solución.
Escribo para que se sepa y soportemos cada cual la vergüenza de los actos que de allí procedan: autoridades, policías, jueces, padres…todos cuantos nos hemos sentido orgullosos de la ciudad y hemos puesto un vendaje en la mirada.
Un punto negro no debe enturbiar toda la belleza. Pero puede oscurecerla tanto que al final sea solo cieno o humo aquello de lo que queremos presumir.

                                                                                                    
Ana  María  Mata 
(Historiadora y Novelista)